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Opinión

CHILE - Invocación al tiranicidio y alabanza a la revolución chilena

Andrés Bianque

Lunes 10 de septiembre de 2007, puesto en línea por Andrés Bianque

Acostados y recostados, repiten la figura ancestral de un arco tensado y esforzado, ciertos cuerpos tendidos y extendidos sobre una porción delgada del suelo montañoso que se transforma en el ombligo del país, que representa a toda esa larga franja azotada llamada Chile,
esa tarde de domingo memorable, inolvidable, hasta las piedras más insensibles supieron del miedo.

Los brazos se contraen, las manos se adosan al hierro, la puerta del estómago es pateada insistentemente por los espasmos, el pecho se vuelve una caja de resonancia donde el corazón redobla el golpeteo habitual de la sangre.

Se acerca, rápido, pero todo fluye pausado, como en cámara lenta. Nunca los segundos fueron tan largos y dilatados. Todo enmudece, todo es una gran pintura sin movimiento o mejor dicho, un solo movimiento que sigue avanzando en letanía, paulatinamente.

Observan y miran hacia los lados, a los alrededores, para que los otros compañeros miren de vuelta y confirmen la propia existencia.

El pasamontañas detiene el susurro fresco cordillerano, las gotas de sudor se hacen frías.

Devorando el cemento avanza otra caravana más de la muerte. Atada viaja la hiedra a los asientos alemanes que evocan y exhalan un cierto airecillo de Hitler tropical, austral.

Las cuerdas se tensan. Y una oruga de plomo envuelta en cierto brebaje de luz se arroja contra los fierros que avanzan despacio. Y entre mariposa fosforescente y destello de limones primaverales descargan no sólo las balas que duermen en sus fusiles, descargan los lamentos, los gritos altivos, los pechos desprotegidos que hicieron frente a los machetes empresariales disfrazados de corvos militares.

Siete de septiembre de 1986, tarde fresca en que la mueca siniestra, sarcástica y tenebrosa de un dictador se vuelve rictus de terror, pánico y desesperación.

Cubriendo su pútrida existencia con las manos ó con el cuerpo de un niño, el estómago le da vueltas y el sonido ensordecedor le despierta de su sueño de señor feudal inmortal e intocable.

Sólo su chofer escucha el grito desgarrador del tirano: arranca, arranca. Nunca, un quédate y mira como combate o muere un valiente.

La cuesta achupallas se convirtió en un solo eco, en una sola voz.
Muere Viejo Perro asesino. Muere.

Y en ese eco iban envueltos los gritos atrasados y escondidos de los miles de torturados, del grito de hambre de los niños, de las mujeres ante las injusticias, de los degollados, de los quemados, de los hundidos en el mar, de los dinamitados, de ese pueblo pobre que sabe más de la cuenta de opresores y explotadores.

Y el cuerpo de elite del Dictador, conformada por carabineros, boinas negras del ejército, comandos, marinos y otros valientes, sólo atinaban a huir, a escaparse como ratas a sus eternos rincones oscuros desde donde sentíanse dueños del destino de los chilenos.

La leyenda cuenta que dispararon también, que cerraban los ojos y percutaban en todas las direcciones, que gritaban y corrían despavoridos, que la avanzada que llevaba la comitiva del general huyó sin dar siquiera un intento de batalla.

Lo cierto es que, ante la arremetida de los combatientes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, unos atinaban a esconderse en las ranchas pobres de gente pobre, sabiendo que allí estarían a salvo. Que los combatientes no les dispararían.

Que ironía, guardaespaldas de una sanguijuela y corren a esconderse donde esos mismos que vivían en la miseria gracias a su amo.

Los otros se lanzaban una docena de metros al vacío y precipicio abajo también se venía abajo ciertos mitos ridículos de valentía adquirida sólo por ser milico.

Tratando de salvar el pellejo que ahora misteriosamente se les había puesto tan blando y tan distinto a aquellas veces que lo inflaban como tambor marcial al son de los eternos paseos del amo militar.

En la cancha se ven los gallos, y el pitazo final terminó el partido. Esos que jugaban siempre con un 11 de septiembre en la espalda, contra un equipo amarrado, vendado y maniatado, que distintos se vieron contra un equipo bravío y decidido.

Después, de cambiarse de pantalones, de ducharse ciertas partes que quedaron apestosas, se da la orden de soltar a los perros.

Estado de sitio, toque de queda y de la dignidad.

Allanamientos, balaceras, golpizas, abusos, vejaciones por granel contra toda la población.

Ahí si que eran valientes los “valientes soldados”

Esa misma noche la derecha cristiana santa e inmaculada, la que va a misa todos los domingos gritaba enfervorizada que los mataran a todos, a todos.

Los escoltas, que no alcanzaron a tirarse por el despeñadero hacia el río Maipo, y quedaron heridos a la veda del camino, fueron perdonados por las fuerzas del Frente.

Un militar de honor, con todas las letras, les perdonó el pescuezo.
José Valenzuela Levy. Quien contaba con la experiencia de haber combatido contra hombres armados y no amarrados a un catre de metal, como es la costumbre de los militares chilenos.

Fue él quien dio esa orden, fue el quien tomó esa decisión.

Bajo el nombre de Ernesto es quien estuvo a cargo de llevar a cabo la emboscada y la ejecución del Tiranicidio.

Nueve meses después del atentado, en el mes de Junio, los militares chilenos muestran y blanden su honorable código militar una vez más, y lo ejecutan por la espalda, amarrado, boca abajo en una farsa policial.

Los medios y los genios del gobierno militar enarbolaban a los combatientes del frente. Por no aparecer por ratas cobardes y pusilánimes, para ocultar la vergüenza y los bochornos.

Profesionales, expertos, especialistas, extranjeros, peritos, versados.
Fuerzas especiales entrenadas, comandos pagados.

Un grupo de comunes pobladores dignos de las barriadas más pobres y populares. Un montón de seres humanos con el arrojo que no compra el dinero, ni las horas de entrenamiento contra cuerpos muertos, ni los desayunos lozanos, ni los gimnasios y aulas especiales.

Como detalle hermoso y de ejemplo para muchos, entre tanto sudor, y pelos de machos en estío, una muñeca suave agarra el fusil con más fuerza que cualquiera y da en el blanco una y otra vez, las convicciones le balancean el pulso.

Y con ella después del pitazo final suben a una camioneta que los espera y se van del lugar.

Ningún herido, todos salieron ilesos.

Pero falló el atentado. No resultó. No murió el dictador. Unos dicen que primero eran las granadas y los cohetes, y después los fusiles. Otros dicen que falló el aseguramiento multitaleral, hubo poca concentración de fuego en un solo punto, el factor suerte, la virgen del carmen y por último y la más confiable. Hierba mala nunca muere. Hiedra mala nunca cede.

Sin embargo, el recado que les quedó a los militares no lo borrarán nunca.

Para otra vez, cuando intenten pasarse de listos sabrán que el pueblo acumuló experiencia sobre esa acción, y muchas más.
Otras generaciones sabrán que en el mano a mano, ciertos “valientes soldados” sólo saben temblar.

Otros sabrán que si se puede, otros sabrán que las convicciones, y el amor por la justicia blinda más que cualquier chaleco antibalas comprado a costa del hambre del pueblo, sabrán que el pueblo es paciente pero sabe y puede defenderse, sabrán que las empuñadoras se repetirán una y otra vez contra los saqueadores de las masas desprotegidas.

Sabrán que el pueblo también sabe disparar.

“Lo que nos quede de vida, para el pueblo, lo que nos quede de muerte para sus explotadores.”

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