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En tierra derecha Piraña entregaría hasta a su madre

CHILE - Don Maximiano arrojado por la borda

Ariel Zúñiga

Martes 23 de junio de 2009, puesto en línea por Ariel Zúñiga

El fin no justifica los medios declaró Don Maximiano Errázuriz Eguiguren, periodista, abogado y diputado en ejercicio.

En 1995 cursaba mi primer año en la facultad de derecho de la Universidad Austral de Chile, en Valdivia. Mi profesor de derecho romano resultó ser Don Maximiano, ello debido al azar (ser par o impar según el número de ingreso)

Nos hacía clases una vez al mes y el resto del tiempo dictaba sus apuntes su ayudante, Adelita Ravanales, a quien visitábamos de tarde en vez para contemplar sus bellas piernas. Compramos su manual, de la editorial jurídica de Chile, y con eso creímos estar a salvo para las examinaciones. Craso error, los dos volúmenes juntaban casi mil páginas por lo que la ayudantía de Adelita era más que una siesta pues servía de resumen, el que no tuvimos a la hora de los examinaciones. El amigo con que estudiaba se jugó a muerte por el examen final, y respondió en forma brillante todas las preguntas, muchas de ellas detallistas y hasta capciosas, sin embargo reprobó. Aprobé para sorpresa de muchos compañeros con una heterodoxa teoría sobre la antigua Roma: Era tal el poder de las familias que hasta podríamos decir que era un sistema federal, dije, y Maximiano se frotó las manos.

Don Maximiano era simpático y era mucho menos barrero que la media de los profesores. La reprobación de mi amigo fue producto de una serie de desencuentros los cuales principiaron en el primer día de clases.

Don Maximiano se presentó antes que como profesor como diputado y mi amigo me dijo al oído «ese viejo es de Puente Alto y es momio». En dicha época, aún más que hoy, no había calibrado finamente algunos instrumentos por lo mismo me daba lo mismo que fuera RN o PS, no simpatizaba con ninguno de ellos por lo que no me molestaba en particular dicha situación. A mi amigo sin embargo no le era indiferente, él siempre ha sido, aunque no se haya inscrito en los registros electorales, de aquellas personas antipinochetistas al punto de ser furiosos concertacionistas. Además era un asiduo lector de periódicos, a mi la contingencia me parecía predecible y por lo tanto prescindible. Mi compañero además conocía directamente a Maximiano cuando hacía campaña para diputado y entregaba unas canastas con frutas que decían: «De Don Maximiano Errázuriz, su futuro diputado». Eso para él parecía un escándalo, «es clientelismo electoral» me decía una y otra vez.

En dichos años los payasos del circo eran Guido Girardi, Nelson Ávila e Ivan Moreira. Cada cual por sí mismo una vergüenza nacional, un show recargado carente de ideas y rebosante de flashes. Girardi con su delantal blanco y el estetoscopio colgando; Ávila denunciando todo aquello que no podía hacer su suegro, el contralor Enrique Silva Cimma; y Moreira defendiendo a Pinochet a golpes de puño dentro y fuera del hemiciclo. A Ávila le resultaron serias sólo dos acusaciones: La de los Mirage y la del homicidio del conscripto Pedro Soto Tapia. De Girardi hemos hablado demasiado.

La canasta de frutas me parecía un asunto menor, lo cierto es que no me alejaba ni por un segundo del enigma que me resultaba el que se enseñara derecho romano a finales del siglo XX.

El diputado comenzaba las clases con una breve relación del acontecer legislativo nacional, deducidos obviamente una serie de asuntos vetados o vergonzantes. En la prensa no se hablaba nada de nada, incluso peor que ahora, por lo tanto el breve discurso de Maximiano era algo tan insulso como leer la Tercera o el Mercurio. Luego pedía que nosotros opináramos, cuestión que nunca hice pese a mi legendaria locuacidad. Era un asunto que me aburría, tanto como para secarme la boca. Sin embargo mi amigo, con recortes de prensa en la mano le inquiría sobre sus votaciones, declaraciones y hasta de la posición de su partido.

El diputado quería que le sobáramos la espalda no que nos tomáramos la libertad de expresión en serio. Es por eso que contaba una serie de historias falsas, exágeradas y somníferas, eran como las aventuras de un hermano mayor, tonto y fracasado, que nunca tuve: Que su vaquita buena moza, que cuando estuvo preso (defendiendo a los latifundistas en la reforma agraria), o que ayudaba a mil personas mostrando su credencial de diputado. Es por eso que le decíamos el «Súper Diputado», mote que alternábamos con el de «Minimiano» por su baja estatura. De las anécdotas pasaba a la materia de clases las cuales ilustraba con ejemplos equivalentes a ellas, su lapicera que vendía o arrendaba en diez sestercios, luego la permutaba y la prendaba.

El pequeño Maximiano comparte el nombre con uno de sus antepasados más célebres, Don Maximiano Errázuriz Valdivieso, hombre afortunado que se casó a finales del siglo XIX con la hija del hombre más rico del país, José Tomás Urmeneta. Así que el nombre de emperador romano no es un símbolo de arribismo sino que parte de una tradición sólidamente asentada. La viña Errázuriz hasta hoy vende uno de sus tintos más finos con el nombre de «Don Maximiano».

Por dichos antecedentes cuesta comprender que Carlos Larraín, otro miembro de nuestra tradicional clase agrofeudal, lo arrojara con tal furia y determinación a los leones. «Sus explicaciones han sido insuficientes y aún malas», ha sido lo más liviano que ha dicho. Piñera a su vez le disparó en el entrecejo. La reacción ha sido tan destemplada que hasta el Mercurio lucubró sobre lo conveniente que era para algunos sacarse de encima al molesto diputado: Lili Pérez que no puede ver su cara ni pujada en oro y José Ossandón que aprovechó la oportunidad para poner a uno de los suyos de candidato. Pero eso lo dice el decano, por algo será.

Recuerdo cuando Pinochet se encontró pillado y tuvo que entregar a su delfín, el Mamo Contreras. Piñera luego de la encuesta del CEP le ha vuelto el alma al cuerpo, pese a su disfonía y sordera, y ve posible ganar en un fallo fotográfico en enero del próximo año; lo último que quiere es que la «contabilidad creativa» del súper diputado lo deje en ridículo. Necesitaba dar una señal inequívoca acerca que la corrupción no la toleraría, y aunque eso fuera tan sólo una señal, y Don Maximiano se ha regalado para ser el chivo expiatorio. Su «intento de reparar el mal causado» mediante la devolución del dinero presuntamente mal habido confirmó las sospechas; quizá sabe tanto derecho romano como ignora el actual, y como periodista olvidó que quien explica se complica. Carlos Larraín que es muy buen abogado actuó como camarada y como colega, pero también como político sagaz: Piñera debe ganar aunque nos debamos cortar una pierna; el barco debe mantenerse a flote aunque para ello arrojemos los cañones por la borda. En política no hay amigos ni familiares.

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