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ESTADOS UNIDOS - Los Minutemen en la Universidad de Columbia (por Adrián Franco, Hoy)

Jueves 12 de octubre de 2006, puesto en línea por Manuela Garza Ascencio

La noche del miércoles pasado la Universidad de Columbia se convirtió en el epicentro del debate migratorio. La presencia en el campus del fundador del Proyecto Minuteman, la asociación que ha popularizado la retórica anti-inmigrante y que recluta civiles para vigilar y aterrorizar la frontera, desató una serie de reacciones por parte de los estudiantes que eventualmente llevaron a la cancelación del discurso. Aunque para algunos lo que sucedió fue un triunfo sobre una asociación racista, el no dejar hablar al invitado ha creado una controversia que provocó hasta el comentario del alcalde de Nueva York.

Todo comenzó cuando un póster apareció en las áreas públicas de la universidad. El grupo de republicanos del colegio anunciaba que Jim Gilchrist, principal vocero de los Minutemen, estaba invitado para hablar en el auditorio más importante de Columbia. El póster llamaba la atención por la foto de dos «vigilantes» y el provocativo mensaje: «Si el gobierno no protege nuestra frontera, ellos lo harán». Como era de esperarse, varias organizaciones de estudiantes que rechazan este discurso xenofóbico comenzaron a planear una protesta.

La hora del evento llegó y aun cuando el clima empezaba a enfriar, cualquier persona que pasara por la entrada del auditorio Roone Arledge sentía de inmediato la energía del movimiento pro-inmigrante. Había alrededor de 200 personas circulando ordenadamente con pancartas protestando la presencia de los Minutemen. La protesta dejaba claro que Gilchrist no era bienvenido ni en Columbia ni en Nueva York. Sin embargo, la controversia no vendría por esta manifestación, sino por lo que sucedería adentro del recinto.

Para entrar al auditorio, había que mostrar credencial de estudiante o ser invitado especial. No se permitían mochilas o bolsas, y una vez dentro del lugar, no se podía salir. No fueron pocos los que compararon este acceso con la frontera con México. El lugar estaba repleto. La concurrencia estaba claramente dividida y la tensión, a flor de piel. Después de una espera que parecía interminable, el evento comenzó con el discurso de Marvin Stewart, un ministro religioso que por media hora se dedicó a criticar la «invasión» de los «ilegales». Ante los abucheos del público, Stewart concluyó su participación y se anunció la entrada del huésped principal.

Jim Gilchrist apareció con una sonrisa burlona. Su gesto pronosticaba un discurso pendenciero. Pero no había empezado formalmente su ponencia cuando dos personas se aparecieron en el escenario cargando un anuncio que decía en tres idiomas «Nadie es ilegal». La reacción del público fue inmediata y la trifulca no se hizo esperar. En cuestión de segundos habían llegado al escenario decenas de personas que se jaloneaban e insultaban. La batalla llegó a tal punto que se retiró a los invitados y el personal de la universidad tomó la decisión de terminar el evento.

Lo que pasó la noche del miércoles provoca sentimientos encontrados. Para muchos, la cancelación del discurso de Gilchrist fue un éxito de la comunidad inmigrante. Para mí, fue un grave error estratégico. Ningún grupo que pretenda tener injerencia en el debate migratorio puede justificar un atentado a la libertad de expresión, por lo que este hecho no se puede utilizar de bandera. Por otro lado, figuras que de ninguna manera se identifican con el discurso de los Minutemen como el alcalde Michael Bloomberg y el presidente de la universidad, Lee Bollinger, tuvieron que hacer declaraciones condenando el que no se permitiera a Gilchrist decir su opinión. Es decir, la toma del escenario convirtió a este grupo en víctimas, lo que les dio material para hacerse publicidad en todo el país. Al día siguiente, la nota apareció en medios tanto liberales como conservadores, y algunos comentaristas la utilizaron para clasificar a los estudiantes como radicales y para alabar el trabajo de los Minutemen.

Muchos de los que estuvimos en ese auditorio sentimos repugnancia por el discurso de los Minutemen. Pero aún así, no podemos justificar lo sucedido. Toda persona tiene el derecho de expresarse libremente, sobre todo si es invitado a una universidad. Asimismo, cuando la confrontación es precisamente en un espacio académico, es a través de argumentos sólidos y evidencias que se puede demostrar que lo que afirman organizaciones como éstas es falso y que su causa es injusta y sumamente peligrosa. El debate de las ideas más las manifestaciones pacíficas constituyen la fórmula adecuada para ganarle la batalla a este tipo de grupos que tanto daño le han hecho a los inmigrantes.


Adrián Franco es estudiante del Doctorado en Educación en el Teacher’s Collegue de la Universidad de Columbia.

Publicación del artículo autorizada por el autor. El artículo fue originalmente publicado en el periódico Hoy.

www.hoyinternet.com

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