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AMERICA LATINA - Latinoamérica declara su independencia (por Noam Chomsky, TeleSUR)

Jueves 19 de octubre de 2006, puesto en línea por Dial

Cinco siglos después de la conquista europea, América Latina está reafirmando su independencia. Especialmente en el cono sur, desde Venezuela hasta la Argentina, la región se está alzando para acabar con el legado de dominación externa de los siglos pasados y con las crueles y destructivas formas sociales que ayudaron a establecer.

Los mecanismos del control imperial —violencia y guerra económica, un recuerdo apenas lejano en América Latina— están perdiendo su eficacia, un signo del cambio hacia la independencia. Washington está ahora obligado a tolerar gobiernos que en el pasado habrían atraído la intervención o las represalias.

En toda la región un vibrante conjunto de movimientos populares provee la base para una democracia con significado. Las poblaciones indígenas, como si estuvieran descubriendo su legado precolombino, son mucho más activas e influyentes, particularmente en Bolivia y en
Ecuador.

Estos desarrollos son en parte resultado de un fenómeno que durante varios años fue observado por los especialistas y encuestadores en América Latina. A medida que los gobiernos electos se volvieron más formalmente democráticos, los ciudadanos expresaban una creciente desilusión con el modo como la democracia funcionaba y señalaban su «falta de fe» en las instituciones democráticas. Han buscado construir sistemas democráticos basados en la participación popular antes que en la élite y el dominio.

Una explicación persuasiva sobre la declinación de la fe en las instituciones democráticas existentes fue ofrecida por el científico político Atilio Boron, quien observó que la nueva ola de
democratización en América Latina coincidió con «reformas» económicas ordenadas desde el exterior, que socavaban una democracia efectiva.

Los conceptos de democracia y desarrollo están estrechamente ligados en muchos aspectos. Uno es que tienen un enemigo común: la pérdida de la soberanía. En un mundo de naciones-estados, es algo claro que la declinación de la soberanía involucra la declinación de la democracia, y la mengua en la capacidad para conducir una política social y
económica. Eso a su vez daña el desarrollo, una conclusión confirmada por siglos de historia económica.

El mismo registro histórico revela que la pérdida de la soberanía conduce a una liberalización impuesta, por supuesto para el interés de aquellos que tienen el poder de imponer este régimen social y económico. En los años recientes, el régimen impuesto es comúnmente
llamado «neoliberalismo». No es un término muy bueno: el régimen social y económico no es nuevo, y no es liberal, al menos como el concepto fue entendido por los liberales clásicos.

En Estados Unidos, la fe en las instituciones también ha estado declinando de manera constante, y por buenas razones. Se ha abierto una gran brecha entre la opinión pública y la política. Eso muy raramente se divulga de manera pública, aun cuando la gente advierte que
sus opciones políticas son desechadas.

Es instructivo comparar las recientes elecciones presidenciales en el país más rico del mundo con el más pobre de Suramérica, Bolivia.

En la elección presidencial de 2004 en Estados Unidos, los electores tenían que elegir entre dos hombres nacidos en la riqueza y el privilegio, que fueron a la misma universidad de élite, se unieron a la misma sociedad secreta en donde jóvenes privilegiados son entrenados para unirse a la clase gobernante, y fueron capaces de participar en la elección, porque estaban apoyados por similares conglomerados de poder privado.

Sus programas eran similares, coherentes con las necesidades de su sector: la riqueza y el privilegio. Los estudios de opinión pública revelaron que en una serie de asuntos principales, los dos partidos están bien a la derecha de la población en general, y el gobierno de George W. Bush, aún más.

En parte por estas razones, algunos temas se eliminaron de la agenda electoral. Los candidatos fueron empaquetados y vendidos como dentífricos y autos, y por las mismas industrias, dedicadas al engaño.

En contraste, basta ver la elección de Evo Morales en diciembre pasado. Los votantes estaban familiarizados con los temas, los muy reales e importantes como el control nacional sobre el gas natural y otros recursos, que tienen un apoyo popular abrumador. Los derechos de los
indígenas, los derechos de las mujeres, los derechos sobre la tierra y los derechos sobre el agua están en la agenda política, entre muchos otros.

La población eligió a alguien de sus propias filas, no a un representante de los estrechos sectores de privilegiados. Hubo una real participación, no simplemente el movimiento de una palanca en una caseta de votación.

La comparación, y esta no es la única, plantea algunas preguntas sobre en qué sitio se necesitan los programas de «promoción de la democracia». Dado su reciente surgimiento, América Latina debe enfrentar algunos de sus más graves problemas internos. La región es
famosa por la rapacidad de sus clases ricas, y por su falta de responsabilidad social.

Los estudios comparativos sobre el desarrollo económico de Latinoamérica y el este de Asia son en este aspecto reveladores. Latinoamérica está cerca del peor récord de desigualdad en el mundo, el este de Asia está cercano al mejor. Lo mismo ocurre en relación con la
educación, la salud y el bienestar social general. Las importaciones en América Latina están fuertemente sesgadas hacia el consumo ostentoso; en el este de Asia, hacia la inversión productiva.

La fuga de capitales de Latinoamérica se ha aproximado a la escala de la deuda, sugiriendo un modo para superar esta aplastante carga. En el este de Asia, la fuga de capitales ha sido fuertemente controlada. Las economías de Latinoamérica también han estado más abiertas a la inversión extranjera que en Asia. Desde la década del cincuenta, las multinacionales extranjeras han controlado muchas más acciones de la producción industrial en Latinoamérica que en el este de Asia, según la Conferencia de Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas. El Banco Mundial informó que en Latinoamérica la inversión extranjera y la
privatización han sido en ocasiones «el sustituto de otros flujos de capital», transfiriendo el control y enviando las ganancias hacia el extranjero, a diferencia del este de Asia.

Mientras tanto nuevos programas socioeconómicos que se están desarrollando en Latinoamérica comienzan a revertir las tendencias que se originaron en la conquista de España —con las élites y economías latinoamericanas ligadas a los poderes imperiales pero no entre ellas—.

Por supuesto, este cambio no es muy bien recibido en Washington, por las razones tradicionales: Estados Unidos ha confiado en Latinoamérica como una base segura de recursos, mercados y oportunidad de inversiones. Y como sus planificadores han enfatizado por largo tiempo, si este hemisferio está fuera de control, ¿cómo puede esperar Estados Unidos resistir al desafío en otras partes?


http://www.telesurtv.net/v3/secciones/notasdeopinion/index.php?ckl=38

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